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Las restricciones a las mujeres afganas hunden el comercio en Herat
Desde que los talibanes reforzaron el control del código de vestimenta impuesto a las mujeres, comerciantes y taxistas de la ciudad de Herat, en el oeste de Afganistán, aseguran que el número de clientas ha caído drásticamente.
En junio, decenas de mujeres acusadas de no llevar el chador o el burka, prendas que cubren el cuerpo por completo, fueron detenidas en Herat.
En Afganistán, las mujeres están obligadas a ir completamente cubiertas cuando salen de su domicilio. Muchas llevan un vestido largo (abaya) acompañado de un velo islámico, pero no necesariamente la burka ni el chador.
El 9 de junio, una manifestación contra esas detenciones fue reprimida violentamente en Herat, con un saldo de al menos dos muertos, según la ONU.
"Desde estos incidentes (...), ya no hay mujeres en los mercados", cuenta a la AFP Ramin Ghafoori, un sastre.
Herat, una de las principales ciudades de Afganistán, en la frontera con Irán, es un centro comercial, y en sus mercados las mujeres son clientas esenciales.
"El 90% de nuestras ventas se realizan a mujeres. Son ellas las que vienen a hacer las compras, incluso para los hombres", explica a la AFP Nazeer Ahmad Azimi, de 44 años, dueño de una zapatería en uno de los mercados de la urbe.
"Como los hombres están trabajando", no pueden ausentarse mucho para ir de compras, dice.
Desde el regreso al poder de las autoridades talibanas en 2021, las mujeres afganas han sido excluidas de numerosos empleos. Ya no tienen derecho a estudiar más allá de la educación primaria ni a pasear por los parques.
El endurecimiento de los requisitos de vestimenta en Herat, que ha llevado a muchas mujeres a quedarse en casa, ha tenido un impacto del "50%" en la facturación de los mercados, ya afectados por la guerra en el vecino Irán y con Pakistán, estima Azimi.
- "Si no hay mujeres, no hay mercado" -
Una habitante de la ciudad, de 28 años, relata bajo estricto anonimato por motivos de seguridad que ha dejado de salir para encontrarse con amigas, con las que iba de compras o comía en restaurantes.
Como ella, muchas mujeres han confesado a la AFP que salen únicamente en caso de absoluta necesidad, por miedo a ser detenidas por la policía de la moral por posibles violaciones del código de vestimenta.
Otra residente de Herat, de 27 años, cuenta que tomaba un transporte privado para asistir cada día a clases de idiomas. Desde junio, apenas sale.
"Tengo muchísimo miedo y lo he dejado todo", explica.
Gastaba el equivalente a ocho céntimos de dólar al día en transporte, una contribución importante para los conductores de taxi o de rickshaw en Afganistán, donde un tercio de la población necesita ayuda alimentaria de emergencia y los empleos son escasos.
El gobierno talibán quiere dinamizar el sector privado para aumentar la autonomía del país, tras años de dependencia de la ayuda humanitaria.
Farshid Karimi, un conductor de rickshaw de 21 años, cuenta que su actividad ha caído. Antes obtenía un beneficio equivalente a nueve dólares al día, pero desde los incidentes, apenas gana cuatro diarios, que usa para pagar la gasolina.
"Antes, las mujeres podían tomar libremente los rickshaws para desplazarse. Con estas restricciones, ya no salen y no hay trabajo para nosotros", lamenta.
Otra mujer, de 31 años, que exige el anonimato, cuenta a la AFP que gastaba más de 20 dólares cada vez que salía a comprar, una cantidad considerable en Afganistán, pero --como otras mujeres-- ya no va de compras.
Los comerciantes notan las consecuencias, subraya el sastre Ghafoori: "El mercado funciona gracias a las mujeres. Si no hay mujeres, no hay mercado".
H.Weber--VB